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Bank Holiday
Por Nami | 1 de Junio de 2009
Hoy me levanté (más) temprano (de lo habitual) dispuesta a hacer miles de cosas que tengo pendientes antes de mi regreso a casa.
Tras sonar el despertador y hacerme un rato la remolona, pero sin una madre que te va recordando que te tiene que levantar, desayuné, me preparé y salí a la calle.
El día estaba radiante y hacía calor (20º según internet), así que me dirigí a correos con una gran sonrisa en los labios, pero cual sería mi sorpresa, que me lo encuentré cerrado.

“Hoy es lunes ¿no?” - pensé yo - “Y son más de las 9 ¿por qué demonios está cerrado?”
Tras echar una rápida ojeada a los alrededores, me encontré con que todo estaba cerrado y entonces me acordé de que hoy era día de fiesta. Cachi en diez.
Con el día tan bueno que estaba haciendo, era una pena volver a la residencia, pero con todo cerrado no tenía nada que hacer (menos mal que no se me ocurrió ir a la Universidad por la mañana), así que decidí probar suerte a ver si uno de los lugares a los que tenía que ir estaba abierto. No lo estaba.
Parada en la esquina de la calle, sin saber muy bien que hacer, mis ojos se posaron en la colina y pensé “Y por qué no. Siempre he querido subir”. Subí la colina y al llegar a lo alto medio asficciada, me encontré con que el lugar que se ve desde la ventana de mi habitación (algo que parece un castillo, pero que no lo es), era una escuela de algo. Desde la parte delantera del lugar se podía ver el centro de la ciudad, pero puesto que estaba cerrado con una verja, yo me conformé con una vista mucho más reducida (la foto no le hace justicia).

Volví a bajar. Se estaba celebrando una maratón y vi como llegaban los primeros corredores a la meta. El primero hizo un tiempo de 2 hora y 30 minutos y la primera chica 2 horas y 50 minutos, si mal no recuerdo.
Cuando decidí que era hora de ir a otro lado, vi que algunas tiendas habían abierto, así que fui a la única que sabía que estaría abierta y allí me encontré con unos músicos callejeros (no fueron los únicos que vi ese día, pero si los primeros).
Tras hacer las compras necesarias, seguí mi camino, hacía el segundo lugar que casi con total seguridad estaría también abierto. Lo estaba, pero no encontré lo que andaba buscando.
Seguí dando una vuelta por la ciudad, disfrutando de aquel día tan inusual, hasta que me dio hambre. Al pasar por Oliver Plunkett (por la que ya había pasado esta mañana), en dirección a mi casa, me encontré con el mercadillo de comida que montan siempre en Cork cuando hay alguna celebración, había algunos puestos que nunca había visto (como uno en el que tenían un enorme cerdo ensartado en un asador) y otros que siempre estan y aunque quería comprar algo no lo hice porque como de costumbre todo era muy caro y porque la señora que hace el falafel, no había traido esta vez, así que me quedé con las ganas, pero lo cierto es que no me importó, porque al llegar al apartamento y mirar en el congelador a ver que podía comer, me encontré con la gran sorpresa de que tenía sopa, que olvidado que había guardado un día en un cajón que no era el mío, porque en aquel momento no tenía espacio.

Hoy no ha sido el día que esperaba, pero ha sido un gran día.
Categorías: Irlanda, Yo misma |





3 de Junio de 2009 a las 17:35
Yo en tu lugar no habría caminado tanto, seguro me hubiera echado en el cesped de algún parque a retozar al sol (que ahí parece que escasea)
6 de Junio de 2009 a las 22:12
Me gusta pasear así un día festivo inesperado.
Y qué bueno que hizo buen tiempo, para poder andar mirando, ¿no?